El sistema de Flores de Bach lleva ya 80 años de recorrido terapéutico. El mayor hallazgo que hizo Edward Bach, el médico que ofreció al mundo este sistema de curación para “consuelo de los que sufren”, no fue la descripción detallada de los rasgos de personalidad que cubren cada una de las flores, sino el descubrimiento mismo de cada uno de estos remedios vibracionales. Trabajo este que le consumió los últimos años de su intensa y dedicada vida. Bach creía que esa era su misión, y hoy pensamos que estaba en lo cierto.

El Sistema Floral de Bach se asienta sobre una atractiva filosofía de base que entiende la vida como un día de colegio en el devenir del curso escolar.

Para Bach venimos a este mundo a aprender una lección, o dos, en este día de escuela. Para ello nos revestimos de una personalidad tipo al nacer, la cual contiene implícito el defecto a superar y la virtud a desarrollar, todo ello bajo la tutela y guía del alma.

Cuando la personalidad se desvía del camino trazado por el alma surge el conflicto, entendido como una desarmonía, que puede cristalizar en lo que conocemos como enfermedad. Según esta visión, la enfermedad no es un castigo ni una circunstancia producto del azar, sino la señal de que algo puede y debe ser rectificado. Esta es la génesis de la enfermedad (patogenia) para la visión de Bach.

La mente, una de nuestras funciones más sutiles, así como las emociones, son los primeros indicadores de que existe una desarmonía que debe ser reconducida. El tratar esta disfunción, en cuanto resulta detectable, es en realidad una medicina preventiva muy efectiva y seguramente la base de una buena salud.

Esto es realmente así y podemos comprobarlo en nuestras vidas a la mínima oportunidad. Hace algún tiempo me encontré con una paciente a la que traté años atrás y hablando me contó que había estado incubando una gripe durante semanas. No había forma humana de salir de la enfermedad: a una afonía de días le seguía una fiebre, luego de nuevo afonía, más tarde mucha expectoración, dolores por el cuerpo y un largo espectro de sintomatología griposa que no acababa nunca. Un día, en el que todavía se encontraba enferma, le llamó una muy buena amiga, que le conocía bien y estuvieron hablando un rato. En ese breve lapso de tiempo que duró su conversación, algo llamó la atención sobre ella y pudo ver con claridad lo que le estaba ocurriendo. Necesitaba un cambio en su relación con alguien muy cercano. Necesitaba expresar ciertas cosas que tenía ahogadas en su garganta. Superó el miedo a hacerlo y todo fue mucho mejor de lo que había imaginado (como además le sucede a todo Mímulus que se precie: la realidad siempre es mejor de lo que ellos elucubran con su imaginación ansiosa).

Esta antigua paciente nació con una personalidad tipo Mímulus. Cuando era pequeña y hasta casi la adolescencia me contó que esto era muy evidente en ella. Tenía casi todos los rasgos de Mímulus muy marcados. Y aunque hoy en día nadie lo diría, porque casi ni ella misma se reconoce, a veces tiene algún episodio como el de antes en el que sus miedos, si no los ve a tiempo, le enferman. Bendita sea la amistad. Tan sanadora como una flor de Bach tomada en el momento oportuno. No tuvo que tomar Mímulus. Se recuperó en cuanto pasó a la acción y afrontó lo que había estado postergando. Todo sea dicho, tomó Mímulus durante varios años. Por eso creía que ahora, era capaz de superar ciertos atascos con la sola toma de conciencia y el consiguiente paso a la acción.

Porque cada flor, o dicho de otro modo, cada estado mental o emocional descrito y equilibrado por cada flor, puede expresarse en cada persona en diferentes grados.
En el caso de Mímulus, podemos encontrar personalidades tipo muy patológicas en los que su relación con el mundo sea prácticamente nula. Personas muy ansiosas que vivan cada encuentro como algo muy amenazante y se encuentren por ello muy solos y frustrados.

Desde este extremo descrito más arriba, podemos encontrar otros grados de Mímulus hasta llegar al de alguien que lleve una sana relación con su vida y con los demás y sin embargo transite por ciertos momentos en los que se encuentra algo ansioso ante la posibilidad de no ser aceptado pero que rápidamente supera esos miedos pasando a la acción. En el primer caso más patológico e incluso en otros menos extremos quizá una conversación con una amiga no sea suficiente para superar el conflicto, y sea decisiva y necesaria la toma de la esencia Mímulus por un tiempo para una clara mejoría en este punto.
La virtud a desarrollar por cada una de las flores, es en unas más clara a simple vista que en otras. Recuerdo cuando comencé a adentrarme en el maravilloso mundo de la Terapia Floral que me llamó especialmente la atención la lección a aprender de algunas de ellas. En concreto, me llamó la atención la lección que tenía que aprender el tipo Mímulus, la compasión.

Pareciese que es el valor, la virtud a desarrollar con la toma de Mímulus. Y sí, en un principio podría parecerlo. ¿Pero valor para qué? ¿Para cruzar a nado un Océano? ¿Para enfrentar a una manada de leones? ¿Para lanzarse en paracaídas? Sí, podría ser interesante tener valor para realizar tosas esas proezas y seguramente a muchos Mímulus les gustaría atreverse a hacerlas pero lo que realmente tiene valor y verdaderamente hace sentirse orgulloso y realizado a todo Mímulus es vencer sus miedos para poder ayudar a otros. Vencer sus miedos para salir de sí mismos y sus egocéntricas ansiedades y poder ver y empatizar con el entorno.

Cuando un Mímulus tipo, toma la esencia durante el tiempo adecuado (la mayoría de las veces durante meses e incluso años, como casi todas las personalidades tipo necesitan para llegar a equilibrarse y desarrollar adecuadamente su virtud), consigue dejar de preocuparse tanto por su propio ombligo, y por si va a ser o no aceptado, y comienza a sentirse útil y valioso para pasar a la acción. Pasa de la inactividad de quién todo lo teme a la acción de quién todo lo percibe. Puede hacerse cargo de las necesidades y los miedos de otros más incluso que alguien menos sensible que nunca los ha sufrido.
Hay un ejemplo que leí hace años en algún libro de tantos en la bibliografía de Flores de Bach, que explicaba esto muy acertadamente:

En un tren, viajaban varios pasajeros. Uno de ellos (tipo Mímulus), desde días antes de subir al tren, estuvo soñando día y noche con todas las posibles desgracias y contrariedades que podían acontecer: si se sentaría a su lado alguien que le intimidase, si a su alrededor habría un grupo de personas manteniendo una conversación y él no sería capaz de integrarse y ser aceptado y tendría que ir a sentarse en otro lugar más apartado donde nadie pudiera pensar nada malo de él, si el tren tuviese un accidente qué haría para salvarse a sí mismo, cómo saltaría por la ventana… y un sinfín de miedos que no le dejaban disfrutar de su viaje.

En esta historia se ve claramente el defecto de un Mímulus: está tan preocupado en sí mismo, en la salvación de su propia integridad material y corpórea, que no piensa ni por un momento en los demás, en lo que otros podrían necesitar, sólo se ve vulnerable a él mismo. Por eso, cuando se mueve hacia su virtud, lo primero que un Mímulus comienza a desarrollar es la compasión.

Ese mismo viajero Mímulus positivizado, habría estado tranquilo antes de su viaje, disfrutando de las posibles alegrías que le depararía el paisaje y el posible encuentro con otros viajeros. Y si, el tren hubiese tenido algún accidente, o si algún pasajero hubiese tenido alguna indisposición, no habría dudado en ir a socorrerle, sin preocuparse más por sí mismo y siendo capaz de sentir compasión por un hermano necesitado en ese momento más que él mismo. Valor, para ayudar, siempre.

En realidad, creo que todas las virtudes a desarrollar por las diferentes flores de Bach nos ayudan en unos aspectos y en otros a superar nuestros miedos, y el sentido que esta superación tiene no es otra que la de ayudar a nuestros semejantes.

Gracias Bach, una vez más, ahora y siempre.

Eva García Anguix

Terapeuta Floral

Reflexóloga Podal

Codirectora de Biocentro la Canela

www.lacanelabiocentro.com