Ediciones i publica el libro Microbiótica, nutrición simbiótica y microorganismos regeneradores. Una revolución para salvar la Tierra y el ser humano

Dicen los microbiólogos de vanguardia que apenas podemos detectar más de un 3% de todos los microorganismos que nos rodean. Por mucho que estudiemos en el microscopio la vida de los virus, bacterias, levaduras y hongos, la gran mayoría de ellos y de sus múltiples interacciones escapan a la vista y a la ciencia.

Sin embargo, los microorganismos son un pilar fundamental de la vida y de la salud humana. Pueblan los suelos, las aguas y el aire en cantidades que superan exponencialmente el número de estrellas del universo. Son el motor de la evolución de las especies visibles y arquitectos de la biosfera, el clima, las nubes y hasta los copos de nieve. También están inextricablemente ligados al correcto funcionamiento de nuestro organismo: en el tracto digestivo, en la piel, en el sistema genitourinario, etc.

Para divulgar la importancia que tienen los tan denostados microbios para nuestra salud y la del planeta, Ediciones i (http://www.edicionesi.com/) acaba de publicar el libro Microbiótica. Una revolución para salvar la Tierra y el ser humano.

La obra está coordinada por el periodista Luis Lázaro y es una recopilación de artículos de autores tan renombrados como Lynn Margulis, antigua catedrática de Geociencias de la Universidad de Massachusets; Bonnie Bassler, directora del departamento de Microbiología de la Universidad de Princeton; Máximo Sandín, doctor en Ciencias Biológicas y ex profesor titular en la Universidad Autónoma de Madrid, y otros destacados profesionales de diversos campos: ingeniería agrónoma, medicina, ciencias físicas, farmacia, psicología… incluso cocina. En total, 13 autores contribuyen con su aportación a dar una completa visión general de cómo los microorganismos pueden ayudar a regenerar la vida tanto desde el interior, en lo que respecta a la salud, la nutrición y el cuerpo humano, como desde el exterior, en lo referente al hábitat y medio ambiente.

Palmira Pozuelo, farmacéutica y profesora de Nutrición y Dietética de la Universidad de María Cristina, en El Escorial, explica que «a nivel médico el intestino es un órgano al que no se da la importancia y trascendencia que merece, por su gran implicación en el correcto funcionamiento de todo el organismo. Solamente cuando tiene lugar un problema local muy concreto como gases, colon irritable, enfermedad de Chron etc. se le presta atención. Por ejemplo, no se le suele relacionar con la alergia o la depresión. No se da prioridad a cuidar sus bacterias, su flora y, sobre todo, su limpieza».

Las tuberías del cuerpo

«Al igual que un edificio con sus sistemas de bajantes y cloacas, si no se las repara, limpia y atiende adecuadamente, acaban por dañar y comprometer la salud de toda la edificación; así ocurre con una de las vías más importantes de eliminación como es el intestino. Hay una frase en el naturismo clásico que dice: «La muerte comienza en el intestino», pero, por ende, también la salud comienza en él», cuenta.

Es un enfoque que arroja una luz muy diferente sobre las causas del malestar y la enfermedad. «No en vano al intestino se le llama el segundo cerebro –explica Luis Lázaro-. Toda la microbiota que está presente en este órgano es fundamental para sintetizar los neurotransmisores que luego viajan al cerebro. Ante esta evidencia, la psiquiatría debería prestar mucha más atención a qué se puede hacer desde el intestino para mejorar las condiciones psíquicas de un paciente. La alegría de vivir, la ilusión, el entusiasmo, así como el desaliento, la tristeza etc. tiene que ver en gran medida con lo que comemos».

Ander Urederra va incluso más allá y asegura que las consecuencias de una mala alimentación son como las lesiones causadas por el uso repetitivo de una máquina. A la larga, una alimentación inadecuada provoca una gran acumulación de tóxicos. Además de unas pautas básicas como intentar no ingerir tóxicos a través de los alimentos, evitar determinados productos y comer con tranquilidad, los preparados fermentados son una gran ayuda para restablecer la microbiota intestinal. En el libro ‘Microbiótica’ Ander Urederra da algunas recetas.

A lo largo del libro, los autores van explicando la importancia de la microbiótica desde distintos enfoques. De hecho, según explica Luis Lázaro, el término microbiótica no existe en el diccionario. El libro da cuerpo y cohesión a un nuevo concepto ecocientífico que alude al estudio y aplicación de las relaciones simbióticas, de interdependencia, entre los microorganismos de un sistema determinado: una comida, un cuerpo, una planta, el suelo, el agua… Toda la obra sustenta un concepto de partida, y es que los microorganismos no son sólo elementos patógenos de los que tenemos que defendernos. De hecho, en la primera página leemos la siguiente frase: «Las bacterias también sienten», tomada de una pintada anónima en una calle de Madrid.

El origen fueron las bacterias

Sabemos que la vida nació de una bacteria ancestral común y que durante casi 3.000 millones de años sólo ellas existieron en la Tierra. Sabemos que por cada célula con ADN humano tenemos en nuestro cuerpo diez microorganismos que no son humanos. El mundo de la vida libre microscópica diseña la vida y su evolución en este planeta: el clima, la atmósfera, las aguas, el suelo fértil, la salud de las plantas y animales… Según explica Luis Lázaro, «a pesar de la importancia que los microorganismos tienen para la vida y la salud humana, vivimos en una cultura bacteriofóbica donde los antibióticos y bactericidas son sinónimos de tecnología y calidad de vida. Pero esta visión está cambiando a la luz de los últimos descubrimientos científicos y médicos. El futuro de nuestra salud y la de todo el planeta está en la simbiosis y la interacción, no en la lucha y el exterminio».

El libro profundiza en ámbitos tan interesantes y variados como la Teoría de la Simbiogénesis o la Teoría del Holosimbionte, donde se demuestra que los microorganismos son el motor de la evolución, en contraposición al neodarwinismo evolucionista imperante; la agricultura regenerativa y los microorganismos antioxidantes que recuperan los suelos y el agua sin necesidad de pesticidas y abonos químicos; el embarazo natural y el abordaje de los problemas de fertilidad a través de la dieta vegetariana; las relaciones entre la microbiología, la psicología y psicopatología; la nutrición simbiótica y el papel de los alimentos fermentados y los germinados, de los prebióticos y los probióticos, en nuestra alimentación y nuestra salud; los microorganismos efectivos como parte de la solución a las catástrofes del planeta (por ejemplo, para reducir la radiactividad en Fukushima o en la regeneración de lagos, ríos y costas contaminados), etc. Y, más allá de conceptos y teorías, hay incluso un capítulo práctico con recetas de cocina microbiótica o micrococina: cultivos microbianos como el kéfir y la kombucha, pan de cereales germinados o yogur vegetal de semillas germinadas, quesos veganos como el requesón de garbanzos, bebidas fermentadas como el tepache…

Microbiótica. Una revolución para salvar la Tierra y el ser humano contiene, en definitiva, una multitud de argumentos, datos, conceptos y explicaciones que echan por tierra la injusta aversión a los microbios y la inmensa alarma social en la que han desembocado los descubrimientos de Pasteur y Kooch hace más de cien años sobre el origen de las enfermedades infecciosas.

RECETA: CÓMO GERMINAR UNA SEMILLA

Ander Urederra explica que los alimentos a partir de semillas germinadas son de una riqueza excepcional en nutrientes y principios activos beneficiosos para la salud y el bienestar, puesto que en esta primera etapa las semillas tienen una capacidad nutritiva, regenerativa, detoxificante y revitalizante excepcional. Este experto nos da la receta.

Para germinar en un tarro de cristal se lavan las semillas y se ponen en agua tibia (25-30º) durante 24 horas generalmente, de manera que estén cubiertas. Es conveniente utilizar agua sin cloro. Si vamos a usar la del grifo es mejor dejarla reposar de un día para otro de forma que el cloro se evapore.

Pasado el período de remojo se retiran todas las semillas que floten aun siendo empujadas hacia abajo. Esto es señal de que no son aptas. También se retiran las que no se han hidratado.

Escurrimos las semillas hidratadas y las dejamos dentro del frasco, tapando la boca con un paño, y lo ponemos en un lugar oscuro a temperatura que ronde los 25 grados con el recipiente en oblicuo y boca abajo; así el agua escurre bien. Hacerlo siempre de manera que entre aire.

Hay que remojar las semillas cada día, entre 5 y 7 días normalmente, dejándolas como se ha explicado, hasta que alcancen el desarrollo deseado.

Pasado el tiempo de germinación y en el caso de semillas que desprenden la cáscara, retirar todas las cáscaras que podamos a mano o sumergiéndolas en agua y atraparlas con un colador. Colocarlas en un recipiente tapado con un paño y ponerlas en sitio fresco hasta su utilización.

Siempre debe de haber suficiente aire y una correcta humedad para las germinaciones, que en general necesitan estar humedecidas, una vez efectuado el remojo inicial, pero sin encharcamientos.

Rosa Yoeste
Periodista