Esta es una parábola muy antigua y anónima, pero que no pierde su vigencia. Como muchas parábolas es una verdadera fuente de reflexión e inspiración. Desde ahora mismo ya nos podríamos hacer la siguiente pregunta: ¿Por qué nacemos libres y nos hacemos esclavos? ¿Por qué vivimos la vida de los demás y no la nuestra, traicionando así a nuestro yo más profundo y honesto?

Pues he aquí que un día un hombre (lo mismo podría ser una mujer), al despertar por la mañana, aparentemente como otro día cualquier, se dio cuenta repentinamente, y horrorizado, de que unas esposas encadenaban sus muñecas. Muy angustiado saltó de la cama y se vistió como pudo.

Después salió corriendo por las calles, anhelando encontrar la manera de liberarse de las esposas. Al pasar frente a una herrería vio un musculado hombre que estaba trabajando en la misma. Entró en la herrería le suplicó al herrero que le liberase de las esposas. Con un certero golpe sobre el yunque el herrero le liberó de las esposas. ¡Qué sensación tan agradable volver a sentirse libre!.

Agradecido se quedó a ayudar al herrero. A medida que el tiempo iba discurriendo, el herrero comenzó a tratarle con más desconsideración, a absorber todo su tiempo, imponerle sus ideas, dominarle y tratarle al final como si fuera un esclavo. Él que le había liberado le había convertido después en un siervo.

Por enfermizo agradecimiento y falta de entendimiento correcto, había sido liberado para precipitarse en una atadura mucho peor.

REFLEXIÓN:

Todas las parábolas tienen diferentes lecturas y en distintos niveles de entendimiento. Esta parábola da para un profunda y reveladora reflexión. Cada uno puede aplicarla a su modo de vivir o haber vivido.

Mucha gente sale de una cárcel y entra en otra peor; muchas personas entienden mal la piedad y la tornan en peligrosa (como la célebre novela de Sweig “La Piedad Peligrosa”).

Unos confunden el cariño con simbiotizarse con otra persona y perder así la propia identidad y la independencia interior y exterior; los hay que superan unas rígidas pautas o patrones para dejarse arrebatar por otros aún más rígidos o inflexibles; aquellos están que por vivir en base a las descripciones y opiniones ajenas no viven su propia existencia (¡qué drama!) o aquellos otros que viven los sueños, deseos, intenciones e intereses de los demás, pero no los propios, viviendo así de espaldas a su propio ser y arrojando por la borda una vida irrepetible.

Por otro lado están las personas temerosas o tibias que se dejan manipular o entran en dependencias patológicas autoengañándose para ello de mil y una forma. ¿Qué decir de esas otras personas, que no logran salir de su minoría de edad emocional, y se adictan a un gurú y pierden su propia identidad? Es mejor para eso estar en la propia cárcel que en una ajena. ¿No debe ser la prioridad de todo ser humano ganar la libertad y mantener una mente lo más independiente posible?

Amar no es dependencia, ni sentido del deber, ni necesidad compulsiva del otro, ni dejar de vivir la propia vida por malvivir la de los otros; amar no es apego desmesurado, ni miedo a ser apartado por la persona amada, ni la necesidad de ser a la imagen y semejanza del que decimos o creemos amar. Donde hay dependencia o servidumbre emocional no hay amor.

Me gusta recordar las palabras de Gibrán: “Ningún árbol puede florecer a la sombra de otro árbol” o “comamos del mismo pan pero no de la misma hogaza”. Que al amar a una persona veamos en ella el rostro de todos los seres sintientes; que el amor no sea unas esposas que nos maniatan y limitan, sino alas de libertad.

Ramiro Calle
Centro Shadak

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