Me encantó una leyenda escuchada hace años que hablada de las brujas del sauce.

Decía que dentro del sauce habitaba el gran espíritu de la vieja bruja, aquella que daba forma y voz a todas las brujas del pasado.

Si te sentabas bajo sus ramas y abrías tu alma al susurro de sus hojas movidas por la brisa del viento, podrías escuchar las voces de las antiguas mujeres que te contarían sus historias y sus conjuros secretos.

Brillando la luna en las aguas de la laguna, una noche me acerqué bajo el sauce que tantas veces me abría las puertas en mis paseos por ese lugar tan apreciado por mí. Era una noche de finales de verano y se había levantado un viento misterioso provocando una danza de seducción en sus ramas y un vaivén de sombras y luces plateadas producido por el rostro de la luna en sus hojas. No pude resistirme al encanto de esta llamada y me senté a los pies de la vieja, abriendo los oídos de mi alma bruja a aquello que las voces del pasado me querían recordar.

Evoqué en el corazón la conexión con mi linaje antiguo y recordé a mi abuela materna, despidiendo en la penumbra de la luz de las velas a aquellos que morían, y susurrando las palabras que limpiaban el alma; frases que despejaban el miedo y que traían la esperanza y la paz antes del último viaje. Solo su presencia era consuelo para aquellos que iban a cruzar el umbral.

A mi abuela, nunca se la llamó bruja, ni fue reconocida como bruja, ni como parte de este linaje ancestral de las mujeres medicina, sin embargo, ella era guardiana de todos los umbrales: despedía a los que partían y recogía en sus brazos a los que nacían. Sin ningún rito estructurado ella sostenía los misterios de la vida y de la muerte. En sus actos y palabras realizaba de forma sencilla y natural, integrada en la vida de su día a día, al servicio de su tribu, el oficio y el arte de la bruja ” la que guarda todos los umbrales”.

En esta noche, sentaba bajo el árbol encantado me llegaron las voces de tantas mujeres anónimas que silenciosamente y sin definirse con ningún nombre acudían a la llamada de los partos, de las enfermedades y de las muertes.

Ellas entonaban cantos, conjuros o rezos, pero lo importante no era lo que decían, pues a veces lo hacían con un ritmo monótono, con una letanía que provocaba el trance de la paz y del descanso. Lo más importante, era su presencia, pues en medio de la penumbra o del temor ante los misterios, esta fuerza sabia y antigua que estaba en ellas podía sostener el miedo al tránsito y encender en los corazones la luz de la confianza interna.

Hoy los nacimientos son asépticos, y las enfermedades y las muertes también. Es bastante importante aquello que perdimos. Su oficio se perdió con ellas. Tristemente, su poder no reconocido se fue al olvido y lo que quedó fue una capa de miedo y superstición.

Sentada bajo el sauce, sintiendo en la brisa encantada el susurro de sus voces, pude percibir en mi sangre palpitante el espíritu de estas mujeres, la inmensidad de su sencillez, la grandeza de su pequeñez, el poder de sus palabras en el silencio, y qué curioso… no pude evitar sentirme un “poco avergonzada” de llamarme bruja, un poco pequeña ante su grandeza y a la vez muy agradecida de que acariciaran mi piel con el soplo del viento.

 

Guadalupe Cuevas
guadalupecuevas.com