Las etapas de la vida…

«La memoria viva no nació para ancla. Tiene, más bien, vocación de catapulta» Eduardo Galeano.

¿Cuántos caramelos me quedan por comer?

No hace mucho, nos invitaron a una compañera antifranquista y a mí a contar cómo era la lucha por la democracia en el exilio parisino. Acudimos a un centro cultural autogestionado en un barrio popular de Madrid. Impresionante el grado de organización, la gratuidad de todos sus servicios y la integración de nacionales y emigrantes. Sorprendente que un sábado por la tarde un centenar de jóvenes de entre 16 y 25 años, chicos y chicas, prestaran una atención respetuosa, en lugar de estar en el cine, paseando por los parques, viendo fútbol o haciendo botellón. Cuando propiciamos el diálogo, solo un par de preguntas. Era como haber lanzado piedras a un pozo sin fondo y no haber oído ningún «plop».

Lo mismo ocurrió semanas después en una gran librería alternativa, a la que habían invitado a Nicolás Sánchez de Albornoz, catedrático jubilado de historia en sus exilios de Buenos Aires y Nueva York, a hablar de cómo había escapado, siendo joven estudiante, del campo de concentración franquista del Valle de los Caídos. Silencio sepulcral tras sus palabras. Los asistentes casi no cabían en un sótano con capacidad para más de 150 personas. La media de edad había subido un poco: entre 25 y 40 años. De repente, en ese instante, la fractura social del siglo XXI ya no era entre capitalistas y obreros, ricos y pobres, derecha e izquierda, norte contra sur, imperios contra colonias, hombres contra mujeres, estudiantes contra profesores, sino entre personas de distinta generación.

Son solo dos ejemplos de las lagunas actuales de comunicación intergeneracional. Y lo grave es que esta incomunicación se hace hoy visible entre niños de seis años que ya no pueden jugar con los hermanos de ocho; adolescentes de 14 a 16 que tienen sus propios lugares de reunión, donde no pueden participar alguien con dos años más. Discotecas especializadas en jóvenes de 18 a 25, en treintañeros o en cuarentones. Crece el argot por grupos de edad, hasta convertirse casi en un dialecto incomprensible para los demás. Se multiplican las series televisivas, los grupos musicales, las marcas de ropa elegida, los lugares preferidos de ocio, los artilugios electrónicos con programas y juegos cada vez más especializados.

Cuanto más fragmentación por sectores de edad, menos comunicación entre ellos. Cuanto menos comunicación, más posibilidad tiene el sistema de manipulación y menos defensas tiene el individuo.

La generación cibernáutica del siglo XXI tiene tanta información inmediata a su alcance que su defensa consiste en centrarse en lo que interesa a su propio gueto de edad, descartando todo lo demás. La reflexión queda empobrecida y también el lenguaje; los intereses se uniformizan y la apertura a lo nuevo, y a lo diferente es penalizada por el grupo.

Sin pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, cada generación tiene su propio cometido, su misión y su destino.
A los vivos nos toca completar aquello que los que partieron no pudieron terminar. Y en cada edad y en cada época, los retos son diferentes, como diferentes los caminos que uno soñaba siendo niño, como dice la canción de Vicentico, el cantautor argentino:
«Los caminos de la vida no son lo que yo pensaba, no son lo que yo creía, no son lo que imaginaba…» y en los primeros años de la vida adulta, algunos «no encuentran la salida». Antes, porque los padres estaban ausentes, inmersos en un duro trabajo para sobrevivir y reconstruir todo lo destruido por las guerras, las dos mundiales y, en España, la Guerra civil. Ahora, los padres quieren estar presentes, ser «guay» y «amigos» de los hijos y las hijas, pero ellos y ellas quieren vivir a su aire, tener independencia, gozar de la máxima libertad que les proporcionan todas las tentaciones de la sociedad de consumo. Ya no se quiere «matar al padre», sino pasar de él. Y los padres tenemos que entenderlo y encontrar otras vías de comunicación, sin sermonear, contar batallitas ni querer complacer continuamente para ser aceptados. Interrogarse continuamente y ser coherentes en las palabras y en la acción, en las dudas y en las certezas.

A pesar de todo, es la primera generación sin horizontes o con horizontes colectivos sombríos (calentamiento del planeta, crisis económicas que se suceden, políticos que se miran el ombligo, corrupción generalizada, competencia cada vez más dura para cubrir la escasez de puestos de trabajo a pesar de licenciaturas, posgrados e idiomas). En el fondo, tal vez haya un reproche no expresado a la herencia que estamos dejando.

A pesar de todo, sigo creyendo en la humanidad. A medida que cumplimos años, ya no vivimos como si nunca fuéramos a morir, como hicimos siendo jóvenes; y como ellos siguen haciéndolo con esa sensación de tener todo el tiempo por delante, de que el curso escolar es tedioso e inacabable y de que las primeras jornadas laborables se repiten sucediéndose a sí mismas como una rueda inagotable que nunca se detendrá…Pero en algún momento de la vida, se acaban las dudas ante el único hecho cierto para todos: que vamos a morir. Y también las certidumbres, que en muchos casos solo eran creencias y expectativas. Personalmente tomo consciencia de que ya me he comido 69 caramelos, amentolados, alimonados, dulzones, duros, blandos… y de que me quedan menos por comer. Por ello, ya no los dejo a medias ni me los como de dos en dos.

Quitarles el papel lentamente, saborearlos hasta que se acaban cada 24 de octubre; eligiendo, disfrutando, dando cumplida cuenta de la tarea.

Y a cualquier edad es fundamental escuchar la experiencia de los que han sobrepasado la media de los 80, antes de que los recursos y soluciones que encontraron se conviertan en polvo y ceniza, y nos veamos obligados a plantearnos una y otra vez todo de nuevo.

Tomás Ibáñez, ex catedrático de psicología social y uno de los grandes conocedores y practicantes del auténtico anarquismo, lo redefine como la filosofía y la práctica que «no convierte el pasado en un modelo que exige repetición, sino que más bien acompaña e inspira las búsquedas del presente… Su ética está atravesada de cabo a rabo por la exigencia de reducir al máximo la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, o entre lo que se quiere ser y lo que se es. Una de las lecciones básicas del anarquismo pasa por asentar la convicción de que quizás no haya camino… de que se hace camino al andar. Y esto tiene resonancias machadianas y gestaltistas. Es puro taoísmo contemporáneo. En este sentido me declaro taogestaltista y anarcotaoísta.

El arquitecto y activista social brasileño Francisco Chico Whitaker defensor de la Teología de la Liberación y premio Nobel Alternativo 2006, sigue a sus 81 años cambiando de actividad según las prioridades; actualmente lucha contra las centrales nucleares:
«En 2001 hablábamos de la desigualdad. Pero ahora veo la urgencia en la ecología. Están destruyendo el planeta y no tenemos a dónde ir».

Antonio Marco Botella, de 93 años, fue uno de los pocos supervivientes del pasaje del Stanbrook, el último carguero que permitió el exilio de cerca 3.000 republicanos hace 75 años. Con 17 años, conoció las trincheras. Estuvo recluido en los campos de concentración y dedicó toda su vida a fomentar el esperanto, la lengua universal unida al pacifismo, que nunca se implantó a nivel mundial. Un ideal ilusorio, pero que le proporcionó una dirección y una meta a lo largo de toda su vida. Deberían difundirse sus memorias antes de desaparecer en el olvido, como las de José Falcó, «el murciélago de la aviación republicana española», terror de los cazas alemanes que bombardeaban Barcelona, recién fallecido en Toulouse a los 97 años. Durante años cuidó y colocó flores en el monumento a uno de los pilotos alemanes que abatió. Esto es comprender la vida y la muerte y poner en acción su comprensión con constancia y compasión.

Al final, como dice el filósofo y explorador de la conciencia Vicente Merlo a sus alumnos, en uno de los pocos libros de filosofía para todos: «Tú eres joven y por tanto tu tiempo es, ante todo, el de la pasión filosófica (y otras pasiones menos ‘teóricas’, aunque la filosofía puede no ser solo teoría)… Una parte de ti conoce el sabor de la sabiduría… el Eros platónico, el amor-magnético aristotélico, el Amor que mueve los mundos… la serenidad yóguica, que no excluye la sana función crítica de la razón ni el compromiso social y político…
¡Que la voluntad de verdad y la voluntad de Ser te acompañen siempre!»
(«Filosofía, ¿qué es eso? Saber y ser en Occidente y Oriente», Ed. Kairós).

Alfonso Colodrón
Terapeuta Gestáltico y Consultor Transpersonal
www.alfonsocolodron.net