La Dependencia Constructiva

¿Quieres más?

¿Te gustaría estar siempre al día con las últimas tendencias, consejos y secretos?  Suscríbete a nuestro boletín mensual y sé parte de una comunidad exclusiva.

La relación que hemos establecido con nuestros primeros cuidadores ha sido fundamental para el desarrollo de nuestra personalidad, ya que de esta hemos extraído una impresión de quiénes somos y de qué podemos esperar de los demás, así como ha configurado nuestros modos relacionales.

Hoy en día se sabe que todos los niños están intensamente apegados a sus cuidadores, aunque su comportamiento sea esquivo o conflictivo, el vínculo siempre es intenso; la necesidad de ser querido y valorado por las personas importantes de cada cual dura toda la relaciones y es clave poder convivir con ella sin caer en la desesperación.

Comunicar nuestros sentimientos y escuchar los del otro, aunque esto implique que se produzca una confrontación, es algo muy importante. Una relación basada en la evitación del conflicto nunca es fuerte porque no hay verdadera confianza. Pero entendamos que entrar en conflicto no tiene por qué implicar desvalorización o agresividad; es más bien ser capaz de mantener distintos puntos de vista y discutir sobre ellos. El propio deseo y el del otro muchas veces no coinciden, por ello adaptarse constantemente no es un buen camino, como tampoco lo es llevar sistemáticamente la contraria por temor a quedar sometido. Complacer al otro es necesario; supone ser capaz de adaptarse renunciando a algo propio, por lo tanto es una virtud, siempre y cuando no se haga en exceso.

Una buena relación reúne cuatro ingredientes: predictibilidad, receptividad, entendimiento y justicia. En una relación de confianza nos resultamos en buena medida predecibles, nos conocemos y sabemos lo que podemos esperar el uno del otro. Además somos receptivos, nos escuchamos y procuramos satisfacer muchas de las necesidades y deseos del otro. En tercer lugar nos entendemos, cuando hablamos llegamos a hacernos una idea de lo que pensamos y sentimos respectivamente. Por último hay reciprocidad y por lo tanto justicia, nos apoyamos, cuidamos y entregamos en igual medida. Cuando se rompen estos principios de solidaridad entramos en relaciones de dominación, donde uno gana y otro pierde y lo que impera es el miedo y el egoísmo. En una relación sana el poder está equilibrado.

En el hogar hemos forjado nuestras creencias, muchas inconscientes; estas influyen decisivamente en nuestra manera de entender lo que sucede en nuestras relaciones y guían nuestra conducta. Para poder transformar nuestro modo de relacionarnos debemos hacernos más conscientes y procurar vivir nuevas experiencias. Por ejemplo, si estoy convencido de que no merezco ser querido o de que la gente es una egoísta lo que tengo que experimentar es algo que contradiga esta expectativa. Pero para que esto se de, primero deberé asumir que deformo la realidad, y deberé salir de mi mundo cotidiano para probar algo nuevo. Por esto lo que se lee en un libro o lo que nos es simplemente explicado no llega a transformarnos. Lo que transforma al ser humano no es solo la reflexión (aunque esta sea crucial) sino la vivencia.

Alguien que «no necesita a nadie», y se dice «independiente» no es el ejemplo de la salud ni de la seguridad. Como tampoco lo es alguien que no sabe hacer nada por sí mismo y depende siempre de la aprobación ajena. El reto es saber depender, lo que implica saber elegir nuestras compañías y encontrar nuestros equilibrios personales con ellas.

Nuestra sociedad exalta ideales de independencia, fortaleza e individualismo que no se corresponden con nuestra naturaleza humana. Todos nosotros necesitamos personas que nos amen, con las que poder compartir nuestras vivencias y que nos hagan sentir irremplazables. Entrar en contacto con las propias emociones y compartirlas nos posibilita entendernos y nos proporciona la mejor compañía, que es la que se disfruta en un contexto de intimidad confiada. Esto es lo que una buena relación proporciona y lo que debería ofrecer una psicoterapia profunda.

Vivimos en una sociedad que se hace cada vez más narcisista; estamos centrados en nosotros mismos de forma obsesiva y confundimos esto con el amor propio. Este «autocentramiento» no nos hace ni más fuertes ni más conscientes, más bien nos aísla y sumerge en la confusión.

Hemos perdido empatía, nos cuesta conocer realmente al otro y reconocer sus diferencias. La sociedad de consumo nos iguala pues nos hace perder nuestras idiosincrasias más profundas, para vendernos una personalidad que solo es original en su apariencia.

La depresión es una enfermedad narcisista, producto del hartazgo de uno mismo. El amor y la depresión son opuestos entre sí. El amor nos saca de nosotros mismos y nos comunica con el otro, en cambio, la depresión nos aísla.

En una sociedad tan competitiva como la nuestra estamos llamados al éxito y el otro queda degradado a ser nuestro devoto espectador. Volver a hacernos profundamente importantes los unos para los otros es el camino de la dependencia constructiva, la que nos devuelve nuestra humanidad y nos dota de esa curiosa fortaleza que caracteriza a nuestra especie.

«Una especial debilidad se apodera del sujeto del amor, acompañada, a la vez, por un sentimiento de fortaleza que de todos modos no es la realización propia del uno, sino el don del otro»
(Byung-Chul Han, La agonía del Eros, Berlín, 2012)

Susana Espeleta
Psicológa colegiada.
Psicoterapeuta individual y de grupo
s_espeleta@yahoo.es

Relaciones. Dependencia. depresion

Haz tu buena obra del día ¡Compártelo!

4,6 minutos de lecturaActualizado: 03/12/2017Publicado: 01/09/2014Categorías: Desarrollo PersonalEtiquetas: , , , , , ,

Comenta este artículo