¿Amar o ser amado?
El amor es un árbol, los amantes, su sombra.
Toda una vida sin amor no cuenta.
El amor es el agua de la vida.
¡Bébela con el corazón y con el alma!
(Rumi)

Amor que se persigue. Amor que nos abandona. Amor que nos rodea. Amor, palabra devaluada. Demasiados equívocos, creencias, ideas preconcebidas para nombrar una necesidad biológica, un sentimiento imprescindible, aunque a veces desconectado y utilizado de forma disfuncional.

Humberto Maturana, eminente biólogo chileno, ha investigado durante años la organización de los sistemas sociales y ha llegado a conclusiones sencillas: la vida y su evolución es en última instancia un constante proceso de eliminación y conservación. En una danza interminable de “errores” y “aciertos” han ido apareciendo y desapareciendo funciones, órganos, especies y sistemas de supervivencia. Los orígenes del amor se remontan a la aparición de las células sexuales diferenciadas hace tres millones de años y al surgimiento del lenguaje. Desde entonces se ha manifestado constantemente una tendencia universal a la supervivencia, a la reproducción, al bienestar orgánico y a la felicidad. Los humanos seríamos seres biológicamente amorosos por naturaleza. Cuando las primeras sociedades de humanos se volvieron más sofisticadas, el amor se convirtió en un hecho social.

Los humanos somos los únicos animales que no solo tenemos sexo con fines reproductivos, finalidad fundamental de cualquier especie hasta que esta se estabiliza. Después de la supervivencia y la reproducción, nuestra necesidad prioritaria como especie es la comunicación. Ningún humano puede vivir permanentemente aislado. Esto no implica que todos tengan que emparejarse, aunque a ello suelan presionar las religiones, la tradición, la familia, la cultura musical y cinematográfica, la publicidad de electrodomésticos y coches familiares y toda la gama de productos dirigidos al consumo familiar. Por ello, cuando se habla de amor, una gran mayoría solo piensa en el enamoramiento, el noviazgo, el matrimonio o la pareja de hecho que dure toda la vida o el máximo tiempo posible…

Y aquí se complican las cosas. Según Bruce H. Lipton, biólogo especializado en la conexión de ciencia y espíritu, tras haber sido una autoridad en células madre, nuestra mente consciente elige según nuestras necesidades y nuestra mente inconsciente elige según sus creencias. Muchas veces son opciones contradictorias y decidimos aquello que no nos conviene en absoluto (El efecto “luna de miel”, Ed, Palmyra). El amor necesita “combinar” la energía con la otra persona en interferencia constructiva y no destructiva, generando oxitocina, dopamina y la hormona del crecimiento. Se ha demostrado, por ejemplo, que enamorarse locamente activa los mismos circuitos cerebrales que cuando se esnifa cocaína. Si hay cocainómanos, los hay adictos al enamoramiento: un estado alterado de conciencia. Sí, he escrito ALTERADO, porque en muchas ocasiones no es un estado AMPLIADO de conciencia, sino reducido, cuando solo se ve lo que se proyecta y los enamorados se cierran a lo que les rodea. Es una droga más barata y además su uso y consumo no es delito.

Esther Perel, terapeuta especializada en pareja y sexualidad, expresa claramente lo que vemos los terapeutas muchas veces en la consulta: “gran parte de la infelicidad e insatisfacción de muchas personas se debe a que buscan sustitutos erróneos al amor: se quiere entrega incondicional y cariño, cuando a veces sólo hay sexo; se necesita sensualidad y erotismo y se subliman mediante acciones caritativas para no enfrentarse al miedo a la entrega o a la pérdida de control…”. Sin embargo, una satisfactoria relación sexual en las relaciones de pareja se basa en dos necesidades conflictivas: necesidad de seguridad y necesidad de sorpresa. La rutina y la convivencia suelen matar la pasión. Son raras las excepciones como la del editor y escritor Mario Muchnik y su mujer Nicole. Se conocieron antes de cumplir los 30. Actualmente tienen 82 y 77 respectivamente “… y nos seguimos acariciando cuando estamos solos de manera vergonzosa, ja ja ja”.

Es necesario volver a definir el amor: facultad innata de crear un espacio de seguridad y pertenencia, en donde cada cual puede realmente ser, y ser totalmente libre para llegar a la plenitud. Es necesario que antes haya autoestima y admiración. No se puede dar nada que no se tenga o no se crea tener. No se puede uno entregar a quien de algún modo no admira. Se ha confundido mucho tiempo amor con compasión. Pero la compasión es en realidad tristeza por el dolor que sufre el otro. Corresponde a un duelo por una pérdida, que pone en marcha la inteligencia para encontrar soluciones. El amor no es un estado de necesidad ni de intercambio de necesidades. Se da, porque estamos sobrantes y decidimos dar lo que desborda. A quién y cuándo darlo es una elección personal. Todo lo demás son transacciones emocionales. Creencias imbuidas en la infancia por padres, abuelos, maestros, entorno y cultura.

En mi caso, nunca me dijeron que eligiese como pareja a una persona que me gustase, o merecedora de mi amor, sino a una persona que me quisiera. ¡Y cuántas veces solo quisieron mi imagen o la proyección que tenían de mí! ¡En cuántas ocasiones creí ser querido simplemente porque había un espacio de desarrollo, justicia y admiración! Faltó la entrega, la motivación, la aceptación y el compromiso. Me enseñaron a sacrificarme por los demás –cultura cristiana de los años cincuenta-, pero no a guiarme por mi intuición, para entregarme a lo más elevado y trascendente, a eso que podría llamarse alma, para acceder al amor universal por todo lo vivo y todo lo auténtico.
En toda terapia, sobre todo si es de pareja, es absolutamente imprescindible liberarse de los patrones inconscientes y repetitivos, que nos hipotecaron en la niñez, cuando teníamos que amar en todo momento a padre y madre, hermanos, profesores, amigos, nuestro pueblo o ciudad, el equipo de fútbol preferido, a la patria, a la Virgen, a los santos y a Dios… Y el amor es fundamentalmente elección en libertad de amar lo verdadero y valioso decidiendo cuándo y cómo. Y cuando se practica de este modo es entonces posible llegar desde la soledad a la compañía elegida, a la fluidez y la fuerza, a la admiración recíproca, la igualdad y el apoyo mutuo… Al encuentro sensual de dos cuerpos que se hacen de espejo, como nos muestra la danza de Nicola Lehay y Jame O’Hara en “Valtari Mystery Film Experiment”, del director Christian Larson y el coreógrafo Sidi Larbi Cherkaoui (puede verse aquí.).

Al contemplar esta danza me vino a la memoria uno de los momentos más tristes y, al mismo tiempo, más iluminadores de mi viaje alrededor del mundo. Estaba en una alejada isla de Tahití, tras haber hecho una larga travesía en una pequeña embarcación local. Era la puesta de sol en una playa no hollada por ningún turista. Yo solo en medio de palmeras cocoteras, caracolas tropicales, clima cálido, silencio absoluto con rumor de olas al otro lado del arrecife. No tenía ninguna obligación ni ningún destino. Llevaba ya un año saltando de un archipiélago a otro y de la Melanesia a la Polinesia a mi libre capricho. Repentinamente me invadió un desconsolado sentimiento de soledad, que no había experimentado nunca antes a lo largo de mi viaje. Mi libertad, tanto tiempo soñada y por fin conseguida, no tenía sentido para mí en ese momento, si no era para compartirla con alguien. Recordé la canción de Georges Moustaki: “Mi libertad la he guardado mucho tiempo como una perla rara…”, pero la hubiera traicionado de buen grado por “una prisión de amor y su bella carcelera”.

Han pasado muchos años y tampoco quiero ya una “prisión de amor”, sino lo que expresa el gran poeta y místico libanés Jalil Gibran, “el amor es la única libertad que existe en el mundo, porque eleva hasta tal punto el espíritu que las leyes de los hombres y los fenómenos de la naturaleza no pueden alterar su curso”. Tich Nhat Hahn, uno de mis faros-guía desde que le conocí hace ya quince años en su comunidad de Plum Village, cerca de Burdeos, lo expresa con más sencillez: “He sido monje durante 65 años, y lo que he descubierto es que no hay ninguna religión, ninguna filosofía, ninguna ideología superior a la fraternidad. Ni siquiera el budismo.” El amor universal, la fraternidad, es la expresión ampliada del auténtico amor de pareja: dos naranjas completas, capaces de ofrecer al mundo un vaso lleno de naranjada.

 

Alfonso Colodrón
Terapeuta Gestáltico y Consultor Transpersonal.
www.alfonsocolodron.net
Fotografia: Angel Febrero