Me siento profundamente conmovido por la inquebrantable lealtad y cariño de este maravilloso perro llamado Capitán, que durante diez años ha velado la tumba de su dueño, hasta que recientemente ha muerto. ¡Qué lección de humanidad y amor para una sociedad tan deshumanizada e insolidaridad!.

Habiendo tantos maltratadores de animales y tantos individuos que menosprecian a estas criaturas que nos han dado todo, es un ejemplo de incondicional entrega el que nos procura Capitán, con su amor incondicional e inquebrantable  fidelidad hacia su dueño, con el que solo llevaba un año antes de que muriera.

Como he denunciado en las redes numerosas veces y también a la Guardia Civil  y a la Diputación de Guipuzcoa (aunque hasta ahora no he visto los esperados  y deseados  resultados), tuve ocasión de contemplar el verano pasado, espantado, como en el terreno de un tal Patxi Irazusta,  tenía en pésimas y atroces condiciones a sus cabras y cómo dejaba agonizar (a pesar de que le supliqué indulgencia) a una de sus cabritas con las piernas atadas. Contrasta la infesta ruindad de este individuo con la grandeza de Capitán, cuyo corazón debería poder ser replicado para implantárselo a muchos humanos que de tal nada tienen y que más bien son como duendes destructivos disfrazados de hombres. Si algún día llegara en que el ser humano tuviera real consciencia de lo que ha hecho con los animales, sería para enloquecer.

Hermosas palabras, que nunca olvidaré, de Vicente Ferrer cuando le entrevisté en la India y me dijo: «Solo le pido a Dios tener un corazón de carne y sangre«. Y no un corazón de hierro oxidado como el de Patxi Irazusta y todos aquellos que por diversión asesinan animales o los maltratan o vejan.

Me gustaría haberme encontrado con Capitán para abrazarle con inmenso cariño como hago todos los días con mi gato Emile. Aquellos que maltratan a los animales, ¿es que no tienen ni siquiera un atisbo de sensibilidad para mirar a sus ojos y percatarse de su inocencia  e indefensión?.  Los elefantes también lloran, y los toros, y los animales que transportan apiñados al borde de la asfixia en camiones, y los caballos en los picaderos, y las vacas o gallinas inmovilizadas. ¡Y nos llamamos civilizados! ¡Y pensamos que hemos progresado!. Capitán sí había logrado un corazón tierno y una mente pura. Ojalá un día el hombre comprenda esa irrefutable realidad de que al estar hiriendo a un animal, se hiere a sí mismo, porque todos formamos parte de una inmensa familia de seres sintieses, aunque no faltan las «personas» insintientes.  

 

Ramiro Calle

Centro de Yoga Shadak

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