En nuestra sociedad parcelada, la pareja es el sistema interpersonal más importante, aquél sobre el cual situamos las mayores expectativas y también el que nos ofrece los mayores desengaños.

Si la ruptura en la relación de pareja es una forma de extrema agresividad, entendida como la negación del otro/a, el enamoramiento es en contraposición la afirmación del otro/a.

Al contrario de lo que se suele decir sobre el enamoramiento, que se tiene un velo que no te deja ver, podría ser más bien, ver en profundidad a esa persona; más que un ensimismamiento atolondrado, sería percibir la grandeza del descubrimiento de ese otro ser, en sintonía con la propia grandeza de uno/a misma. Es ver y ser visto/a desde fuera para ser tocado/a internamente y construirse de un modo diferente.

Nuestro tema es el amor y el desamor en las parejas, sin perder de vista a nuestras familias de origen, pero no para crucificar a nuestros padres, pretendiendo a menudo erigirnos en jueces justicieros, excusándonos en cuan mal lo hicieron para quedarnos en el victimismo. Sin duda éramos unos inocentes sin defensa pero al fin y al cabo, nuestro dolor actual no deja de tener su origen en la interpretación de los hechos pasados. Probablemente, tengamos toda la razón del mundo para dolernos y sería lo más coherente, sin embargo, quienes somos ahora, es precisamente el resultado de lo que fuimos entonces, de nuestra historia de vida. Desde esta perspectiva podemos responder a nuestro pasado rescatando nuestras fortalezas y mirando a las soluciones, lo cual es todo un desafío frente al resentimiento y el victimismo.

Continuando con la idea del anterior artículo sobre la concepción de la pareja como una construcción de a dos, sería interesante hacer alusión a dos importantes aspectos que la contiene, un primer aspecto es el amor y un segundo aspecto es el dominio en las relaciones, es decir, una forma de desamor.

Tratemos de reflexionar sobre qué significa para cada persona el amor como concepto y como sentimiento. A veces puede haber una gran distancia entre lo que se predica y lo que realmente se siente y se actúa en la relación. Posiblemente cada uno de nosotros entendemos que sabemos amar, y seguramente cada persona lo hace a su modo. Creemos que el amor como tantas cosas en la vida, es algo que se aprende constantemente y uno no podría afirmar, que ya sabe amar.

Precisamente porque es un sentimiento, que como dicen muchos engloba a todos los demás, pareciera que es más complejo de lo que a primera vista podríamos definir. ¿Hay unos principios básicos e inviolables sobre esto, a partir del cual hay niveles o grados o se puede querer más o menos?¿ O en materia de amor aún nos falta tanto por aprender… por entender…por cambiar… por corregir… por aceptar… por mejorar…?

En lo que si parece que hay acuerdo, es que en las relaciones de pareja salen a relucir nuestros personajes, aquellos roles con los que estamos identificados, por ello se puede decir que a veces nos relacionamos desde el niño, el padre o la madre, o el adulto que somos. Consideramos que posiblemente estos roles se da en mayor o menor medida en las relaciones, según el tipo de dependencia que se establece.

Sobre este punto de la dependencia vale la pena detenerse un instante. Creemos que a veces se presta a confusión, y muchas personas entran en conflicto, aunque es verdad que podríamos distinguir entre dependencia sana e insana, que está relacionada ni más ni menos con el crecimiento personal de cada uno/a. Entendemos que es buena cuando esa dependencia fortalece la individualidad personal, y retroalimenta al mismo tiempo la relación de pareja. Es insana cuando existe una desigualdad que raya con el desequilibrio personal, y afecta negativamente a la pareja como sistema. La medida justa sería aquella donde la dependencia, que es inevitable -en tanto en cuanto nos construimos en relación con los otros/as- ayude a fortalecer y desarrollar los propios recursos, y eso sin duda, revierte en una mayor aportación en la relación.

Amar no es poner toda la motivación de una vida en una persona. Es aceptar que existen los tropiezos, las caídas y los dolores. Es aprender que es bueno ser como soy, siempre y cuando eso no signifique perder el respeto por quien está conmigo. También es recordar que a veces lo bueno se obtiene esperando, y que presionando se arruina. Por eso es necesario tener paciencia, esperar tranquilamente y recordar que la impaciencia es producto de un impulso emocional, el cual tal vez pronto pasará. La impaciencia puede traer presión y falta de respeto y no lleva consigo la verdad, sino el impulso, la compulsión. Es importante no caer en dramatismos innecesarios ante las inevitables dificultades que acarrea la relación en pareja.

El otro aspecto que hemos mencionado es el poder del dominio en las relaciones. Ese dominio se acepta por una de las fuerzas más importantes de la humanidad. Está basado en el miedo y el abandono, es necesario sustituirlo por la confianza y el amor y eso es algo que se puede construir, no nos viene dado, en tanto en cuanto se aprende, se siente y se mejora. No hay que olvidar que dependiendo del tipo de relación que establecemos en pareja, va a tener unas consecuencias determinadas en mi y en el otro/a.

Podemos hablar de un maltrato basado en el poder que es mucho más sutil que el maltrato físico, que es el abuso emocional. Surge por una forma de manipulación hacia el otro/a en la consecución de fines egoístas; no estamos aquí para enjuiciar, pero tampoco para justificar. Este abuso se caracteriza principalmente por el ejercicio sistemático de la descalificación, la humillación y la denigración por parte de una persona hacia otra. Ante esto no cabe otra cuestión que mejorar el amor propio para impedir este tipo de relaciones, para no ser parte del juego. Como se suele decir, no existe un maltratador, si no hay también una victima. Alrededor del amor se han creado muchas mentiras, por eso es necesario dejar de volverle la cara a la realidad, solo por seguir en una falsa comodidad, por miedo al dolor. Si la vida me demuestra que aquello en donde puse mi corazón es una farsa, debo aceptarlo, llorando, desahogándome y renaciendo como una nueva persona.

Culturalmente, estar enamorado nos lo han vendido solo como una proyección en el otro, cuando en realidad podemos, también, enamorarnos de proyectos de vida, y por qué no, de nosotros mismos, sin necesidad de ser narcisistas. Esto supone agrandar el foco del amor, en profundidad y en amplitud, en un movimiento que rompe la espiral de lo neurótico y se despliega en una pléyade de posibilidades amorosas. Amar es una actitud, una forma de estar en el mundo, es mirar en esa dirección sin necesidad de que nos lo marquen las religiones. Es saberse con esa capacidad, donde su práctica siempre obra milagros. ¿Está ya en mí el verdadero amor antes de empezar una relación de pareja? ¿Y el desamor?

Francisca del Pino.

Psicóloga Social. Terapeuta de Familia y Pareja

francisdel@hotmail.com