El ser humano con inquietudes espirituales, sea o no creyente, teísta o ateo, se hace preguntas a las que no logra responderse, se plantea interrogantes existenciales que no consigue resolver por mucho que se enrede en todo tipo de especulaciones metafísicas o elucubraciones filosóficas. La mente ordinaria, basada en las dualidades o pensamiento binario, no arroja ninguna luz a este, por lo menos aparente, despropósito o desatino que parece ser la existencia carnal y en un convulso planeta que parece ser el manicomio de los otros planetas.

Buda fue tajante cuando declaró: “El que interroga se equivoca; el que responde se equivoca“. Igual que lo fue cuando previno sobre un amasijo de ideas que puede llegar a enajenarnos. No es solo el por qué de esta variante del color azul de lo absurdo que es la vida, sino el para qué, incluso más allá del cómo o de todas las teorías o hipótesis evolucionistas, que creen explicarlo todo y en el fondo explican muy poco. Si todo es un sentido o un sin-sentido no puede ni siquiera ser calibrado.

Pero lo que a todas luces es irrefutable es que uno de repente es arrojado a este inhóspito mundo donde, como declaraba un gran yogui, ¡a veces es tan dificil vivir!, y en el que se van consumiento los días hasta que la función acaba.

Unos se preguntan si la vida es un cortísimo espacio entre dos inmensos y negros abismos, y otros si son dos o tres momentos de confusión para luego acceder a una esfera de diáfana claridad. Lo que no se puede poner ni siquiera en tela de juicio es que uno viene, se hace la foto como diría Babaji Sibananda, y se marcha. Así no hay nada realmente que podamos llamar nuestro, ni siquiera este cuerpo que, como se ha dicho es un esqueleto en un charco de sangre y que nos mantiene secuestrados, pero al que tampoco queremos dejar de aferrarnos. Igualmente es indiscutible que el pensamiento ordinario debe rendirse a la contundente realidad de que no logra ir más allá de sí mismo, igual que una mano no se puede coger a sí misma. Pensar y pensar desde el laberinto del pensamiento conceptual y fosilizado, es como lavar manchas de tinta con tinta. Hay, pues, que humildarse y rendir el ego-pensamiento, que puede ser eficiente en muchas parcelas de la vida cotidiana, pero que es absolutamente inservible en la búsqueda de otra o no-otra realidad.

Los seres humanos con inquietudes espirituales o de autodesarrollo, se han abocado a la búsqueda de lo interno cuando han comprobado que no pueden hallar respuestas en lo externo, que tiende a engatusarnos y a apartarnos de nuestro centro esencial. La mente conceptual y basada en los pares de opuesto o dualidades, tiene que suicidarse” en el viaje hacia los adentros para poder percibir otra experiencia que escapa a la misma.

Unos lo han intentado con “paraísos artificiales”, pero más se han distanciado a la larga de sí mismos que haber podido a sí mismos aproximarse. Otros, sin buscar atajos para llegar al cielo, han emprendido el viaje interior en busca de un lado de la mente que, más allá del pensamiento ordinario y muy limitado, pueda conectar con un tipo especial de conocimiento que ofrezca alguna experiencia de reintegración y plenitud en la que hallar un sentido o un sin-sentido satisfactorios. De muchas cosas y sobre todo ideas preconcebidas hay que desligarse al emprender ese viaje a los adentros. Es la búsqueda de lo que algunos han denominado el “conocimiento oculto” y por el que incluso han llegado a sacrificar sus vidas. Se trataría de un conocimiento de orden superior que puede empezar a degustarse cuando uno va al otro lado de la mente, hacia la mente quieta, sin apegos ni odios, que reporta una experiencia supraconceptual.

Esa es la senda de la meditación; esa es la sustancia real del viaje a los adentros. Lo importante es ejercitarse y seguir la escalada hacia la cima que yace en uno mismo. En la fuente del pensamiento está lo incognoscible. No se puede conocer con la mente ordinaria. Y quizá, cuando llegue el Conocimiento, ya no sea necesario el conocedor.

La meditación es un entrenamiento metódico para poder acceder a una mente quieta y no-pensante donde puedan surgir experiencias transformativas que revelen aspectos de la existencia que nos pasan desapercibidos y poder rasgar los espesos velos que nos ocultan o distorsionan la realidad subyacente.

Mediante la meditación se trata de contener el pensamiento para que eclosione una energía de sabiduría que el pensamiento egocéntrico tiene retenida, pero que está en simiente en todo ser humano. Meditar es, por tanto, abrir una senda hacia una realidad que se oculta tras lo aparente y que sería como un punto de luz en la densa oscuridad de la ignorancia básica de la mente.

Meditamos para poder pasar de la orilla de la servidumbre a la de la libertad y en este sentido la meditación es una barca que nos traslada de una a otra ribera. Mediante la meditación vamos tratando de transformar la mente que encadena en mente que libera, del mismo modo que nos apoyamos para levantarnos en el mismo suelo que nos ha hecho caer.

 

Ramiro Calle
Centro Shadak

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