Tomás Moro acuñó el término «Utopía» para dar nombre a una isla imaginaria descrita en su novela: Libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, publicada en el año 1516. Se le atribuye a la palabra dos orígenes, ambos del griego, uno es ou que significa «no» y el otro es eu cuyo significado es «bueno». En ambos casos el prefijo se complementa con la palabra topos, cuya traducción es «lugar». Así pues «Utopía» puede significar tanto un «no lugar» como un «lugar bueno». Con el paso del tiempo el término se asoció a la perfección o a un ideal irrealizable, aunque Tomás Moro no le dio este sentido. Su obra describía un estado ideal y constituía una crítica velada a la sociedad de su época. Desgraciadamente lo que en ella denuncia es algo que no hemos superado en absoluto, de este modo habla uno de los personajes:

«Así, cuando miro esas repúblicas que hoy día florecen por todas partes, no veo en ellas – ¡Dios me perdone! – sino la conjura de los ricos para procurarse sus propias comodidades en nombre de la república. Imaginan e inventan toda suerte de artificios para conservar, sin miedo a perderlas, todas las cosas de que se han apropiado con malas artes, y también para abusar de los pobres pagándoles por su trabajo tan poco dinero como pueden. Y cuando los ricos han decretado que tales invenciones se lleven a efecto en beneficio de la comunidad, es decir, también de los pobres, enseguida se convierten en leyes.»

La utopía ha sido siempre muy criticada, sobre todo se le ha reprochado ser infantil y soñadora. Además siempre ha sido amiga de la revoluciones, y estas a su vez han sido tildadas de peligrosas por totalitarias. Tenemos ejemplos por doquier, uno de los últimos la derrota de la izquierda en las últimas elecciones islandesas.

La derecha ganadora ha interpretado el resultado como un castigo al escaso realismo de sus rivales. Como si el programa de izquierdas fuera tan bienintencionado como ingenuo, es decir, tan bueno como imposible. Un examen más detallado nos haría ver que esta interpretación es errónea, en realidad de lo que ha pecado la izquierda es de traicionar el programa por el que fue elegida, lo cual ha desencantado a sus votantes y ha posibilitado el triunfo de sus contrincantes. Supongo que a todos nos es familiar este escenario.

¿Qué es pues lo peor de una utopía? ¿seguirla fielmente o traicionarla? Estamos educados para valorar el sentido común (es decir, la opinión de la mayoría) y los proyectos templados (qué mejor que el justo medio), pero lo cierto es que el punto medio no existe, y la opinión mayoritaria no es garantía de nada y sí más bien producto de la manipulación orquestada por unos pocos. En este momento el mundo necesita más que nunca un golpe de timón, la clave es conseguir que sea en la dirección que nos lleve a repartir los recursos con justicia y defender la dignidad y el derecho a disfrutar de la vida de todos. Las utopías, precisamente debido a su radicalidad, son ese el punto lejano hacia el que encaminar el barco con tesón.

En la dimensión personal la utopía también juega un valor muy importante. Tú puedes considerar que ya eres todo lo que puedes ser, o puedes creer que puedes llegar a ser todavía mucho más de lo que has sido hasta ahora. Recuerdo que las monjitas de mi colegio insistían en que estamos llamados a la santidad. Nunca reparé mucho en ello, o al menos eso creía, pero lo cierto es que ha dejado en mí una huella.

En mi trabajo me enfrento cada día al sufrimiento y siempre siento que hay dos formas de tomarlo. Una de ellas es considerarlo un producto natural de las circunstancias, ya sean externas o internas. Alguien o algo te está haciendo sufrir, o padeces un «trastorno» o ciertos rasgos de «personalidad» que te conducen inevitablemente a ello. Creo que los psicólogos hemos hecho mucho daño cuando no hemos contemplado seriamente esta primera posibilidad, dejándolo todo en manos de tener «la actitud correcta» representada en la idea: «si la vida te da limones haz limonada».

Muchas personas se han sentido muy culpables por no poder dejar de sufrir a pesar de ser instadas al positivismo, o han dejado de denunciar y encarar aquello que generaba su padecimiento. Sin embargo también es cierto que considerarse una víctima y/o un enfermo tiene el peligro de conducirte a un futuro de impotencia. Otra forma de enfrentar el sufrimiento es considerar que pone a prueba tu capacidad, delata tus carencias y te obliga a «ser mejor persona». Lo de «ser mejor persona» es lo que me hace pensar en mis monjitas, aunque por suerte o por desgracia yo no sea una persona religiosa.

Un mundo al borde del colapso, una persona que prácticamente no desea vivir… ¿son lugares en los que plantar la utopía? ¿No deberíamos ser sensatos y pedir poco al mundo y a la persona? ¡Al fin y al cabo qué se les puede pedir si su situación es desastrosa! «No pueden», con lo que el único cambio posible es el mínimo cambio, el que trata de asegurar la supervivencia y evitar desastres mayores. Muchas personas creen que defender el status quo es ser conservador, no se dan cuenta de que no conservan nada. Cuando un sistema falla, ya sea este social, familiar o personal, la única forma de conservar algo es apuntar al cambio radical y por lo tanto a la realización de un nuevo ideal.

Debemos retomar la tradición utópica entendida como la capacidad de imaginar otros modos de vida. Como nos dijo André Breton en su Manifiesto surrealista, «solo la imaginación me dice lo que puede ser». No estamos inexorablemente dirigidos por leyes naturales que conviertan ciertos proyectos en imposibles, más bien es el interés de unos pocos y/o nuestros propios miedos los que lo impiden.

De hecho ya ni en física se considera que haya leyes naturales inviolables, la física cuántica ha abierto el camino hacia el concepto de «modelo dependiente de la realidad», lo cual implica que hay muchas realidades posibles y diferentes modelos que las describen. De hecho, aunque nosotros solo habitemos uno, se cree que hay múltiples universos, cada uno de ellos regidos por sus propias leyes físicas (El gran diseño. Stephen Hawking y Leonard Mlodinow. 2010).

Si esto ya es ciencia, ¿quién puede sostener que se es ingenuo cuando se quiere cambiar el mundo? Rafa Vetusto en su artículo Al cambio que logremos lo llamaremos Utopía (Periódico Diagonal.178,Julio del 2012) nos recuerda que la gran labor de la utopía es alterar el discurso dominante, lo cual constituye el único camino para que lo inconcebible, que es lo indecible dentro de ese discurso, sea posible. Mi trabajo como psicoterapeuta está también basado en eso; mientras las personas no cuestionan sus creencias más profundas cualquier cambio importante se vuelve inviable.

De cualquier forma supongamos que fuera imposible cambiar el mundo, lo cual es un sentimiento descorazonador que todos tenemos más veces de las que quisiéramos. Yo no quiero vivir así. Cuando uno cree en un mundo mejor, cree en una mejor manera de vivir, y esto impregna todas las decisiones de su vida.

Para mí la clave no es preguntarnos si vamos a poder ser más felices o más valientes, o si tiene sentido hacer esto o aquello teniendo en cuenta cómo son las cosas o cómo somos nosotros. Para mí la clave es apostar militantemente por el amor y la belleza, independientemente de cuánto vayan a durar o de los frutos que puedan darnos, porque considero que esto es ser fieles a nuestra propia naturaleza, y por lo tanto, es a estos ideales a quienes pertenecemos.

Me gusta pensar que los seres humanos estamos hechos para amar profundamente la vida y que por eso somos capaces de seguir enamorándonos o teniendo hijos aunque estemos en mitad de una guerra. El amor y la defensa de la vida es nuestra mayor utopía y nuestro hogar, ese «buen lugar» hacia el que no dejar de dirigirnos.

Susana Espeleta

Psicologa colegiada

Psicoterapeuta individual y de Grupo

S_espeleta@yahoo.es