Se habla mucho de las alergias y muy poco de las intolerancias alimentarias. Y, sin embargo, 8 de cada 10 alergias son, en realidad, intolerancias. Se trata de un problema cada vez más extendido. Muchos las sufrimos sin saber que son la causa oculta de un sinfín de problemas de salud.

¿En qué se diferencian las alergias de las intolerancias?

Al igual que las alergias, las intolerancias alimentarias son una reacción desproporcionada del sistema inmunitario a la ingestión de un determinado alimento.

En caso de alergia, son los llamados anticuerpos IgE (inmunoglobulina gamma E) los que reaccionan al alimento alérgeno, que denominamos “antígeno”. Se trata de una reacción rápida y desmedida que se manifiesta en las mucosas y en la piel. La persona que la padece manifiesta rápidamente una serie de síntomas como urticaria, conjuntivitis, rinorrea o diarrea (es decir, un shock anafiláctico). Si la persona tiene la mucosa intestinal irritada, por ejemplo, por metales pesados, puede incluso presentar diarrea tras sólo dos horas.

Cuando se trata de una intolerancia, las células inmunitarias que reaccionan son las inmunoglobulinas gamma G (IgG). La sintomatología pasa más desapercibida y no se manifiesta hasta dos días después de la ingestión. Además, las intolerancias pueden generar graves problemas de salud.

 

¿Qué mecanismo hay detrás de las intolerancias?

La reacción la provocan las proteínas del alimento. Las proteínas mal toleradas provocan inflamación y disbiosis intestinal (desequilibrio de la flora intestinal). A consecuencia de la agresión, la pared del intestino se vuelve porosa. Así, las proteínas mal fragmentadas, alteradas, proceden a atravesar la membrana intestinal. Estas proteínas -pero también desechos alimentarios, virus, etc.- pasan a la circulación sanguínea. Una vez allí, el organismo, que las reconoce como antígenos, las combate por medio de los IgG. Es entonces cuando se manifiestan diversos síntomas que, sólo en muy pocas ocasiones, relacionamos con un alimento.

 

¿Cuáles son los síntomas?

Inicialmente son alteraciones locales de los intestinos y disfunciones digestivas: diarrea, estreñimiento, dolor abdominal, problemas de tránsito e hinchazón. También puede provocar úlceras gastroduodenales, sobre todo en el caso de la leche, la soja y los huevos, así como colitis y otros síndromes de colon irritable que afectan en España a dos de cada cinco personas (que en muchos casos no lo saben).

También se producen desórdenes otorrinolaringológicos como alergias o sinusitis. Luego siguen las patologías cutáneas, como el eccema y la psoriasis.

En cuanto a las migrañas, un 90% de ellas están causadas por alimentos sensibilizantes: cereales con gluten, caseína, huevos, soja, o incluso el tabaco y la píldora anticonceptiva.

Las intolerancias alimentarias parecen ser un fenómeno nuevo. ¿Cómo se explica esto? Esto está relacionado con el hecho de que la evolución del organismo humano ha sido mucho más lenta que la de su entorno. Existe un vacío entre nuestras capacidades de adaptación y la presión ambiental, y no disponemos de las defensas inmunitarias necesarias para hacer frente a tantos nuevos agentes.

Además, la presión ambiental se manifiesta también a través de la presencia de metales pesados que aumentan la permeabilidad intestinal. Estos metales se transportan a través de la polución del aire y del agua, las vacunas, las prótesis dentales o incluso los platos preparados. Estos últimos contienen, entre otras cosas, nuevos productos complejos y alergénicos creados por la industria alimentaria, y todo ello sin contar la cocción excesiva de los alimentos, que tampoco ayuda.

Además, también hay componentes como el bisfenol A (componente monómero incluido en muchos envases de plástico de uso alimentario) o incluso medicamentos: por ejemplo, los bifosfonatos utilizados contra la osteoporosis resultan agresivos para las mucosas y provocan una disbiosis intestinal que, a su vez, desemboca en una desmineralización… ¡el colmo! Y en el terreno de la higiene, el exceso de asepsia no estimula suficientemente el sistema inmunitario.

 

¿Qué alimentos están en el punto de mira?

Los más comunes son principalmente la caseína de la leche y el gluten de los cereales como el trigo, el centeno, etc. Cuando tenemos intolerancia a uno, también la tenemos al otro. Lo mismo sucede con la soja y el chocolate. Pero podemos tener intolerancia a otros muchos alimentos, como por ejemplo a determinadas frutas exóticas, el sésamo, las almendras, las cucurbitáceas (calabaza, calabacín, melón, pepino, sandía…), la soja, las lentejas, etc. Todos los alimentos pueden generar intolerancias. Por lo tanto, lo primero y más importante es detectarlas.

Dicho esto, considero que la caseína y el gluten, en cualquier caso, no son aconsejables. Incluso en ausencia de intolerancias, se trata de alimentos poco recomendables porque dañan el intestino. Las caseínas de los productos lácteos son agresivas en sí mismas. Se trata de fosfoproteínas que provocan disbiosis, con atrofia de las vellosidades intestinales. Por orden ascendente de peligrosidad, mencionaremos la leche de yegua, de vaca, de oveja y finalmente de cabra.

 

Sergio García Calvillo
Licenciado en Ciencias Químicas y diplomado en Naturopatía.

sergiogarciacalvillo.simplesite.com