Dependiendo de la edad del niño así será necesario servirse de uno u otro lenguaje y hacer la clase de yoga más o menos dinámica e imaginativa. La mayor dificultad en la enseñanza del yoga para niños, es cuando éstos tienen una edad inferior a cinco años, pero también depende mucho de la naturaleza del niño y del interés que ponga. El profesor, no obstante, tiene que tratar de utilizar todas las estrategias que se le ocurran para motivar al niño y avivar su atención e interés. La labor muchas veces no es fácil. Hay que evitar, en cualquier caso, que el niño se aburra y, desde luego, buscar los elementos necesarios para mantenerle interesado en la práctica.

Por eso es especialmente importante el lenguaje que utilice el profesor, al alcance siempre del niño, y el modo  de ganarse al niño y hacerle participar con atención e interés en la práctica. En este sentido el profesor tiene que ser distendido, cordial y capaz de atraer la atención infantil.

Para niños menores de cinco años

Puede ser muy eficaz, para incitarles a ejecutar las posturas, hacerles participar de una aventura o cuento que el profesor puede ir narrando en la medida en que se va desarrollando la práctica. La inventiva imaginativa del profesor será muy útil y se pueden narrar al niño distintas historias en las que él se sienta como principal protagonista y vaya imitando y ejecutando las posiciones de aquello que incluimos en la historia.

Si por ejemplo el profesor quiere invitar al niño a que ejecute la postura del puente o de la montaña, en su narración incluirá un puente y una montaña, y le dirán que van a imitarlos y, ejecutando la postura, el niño le imitará. Hay que aprovechar la tendencia mimética del niño y desenvolver con él no sólo con el adecuado lenguaje verbal, sino el gestual.

Una narración muy socorrida para niños de menos de cinco años (pues los de más edad ya pueden practicar las posturas sin necesidad de que se les relate un cuento o historia), es la de hacer un viaje por la selva. Se le indica al niño que se sienta como protagonista de ese viaje. En un lenguaje sencillo, el profesor comienza a narrar la historia. Por ejemplo, él y el niño comienzan a adentrarse en la selva. Ven una cobra y el profesor hace la postura de la cobra diciéndole al niño que también la haga; o ven un saltamontes, y realizan dicha postura. Divisan un camello, y hacen la postura del camello. Idean construir un columpio, y efectúan la posición del columpio. Cuando en un prado ven a una vaca pastando, realizan la postura de la cabeza de vaca y para imitar a los árboles que van contemplando, la postura del árbol. De repente cruza un avión por el cielo, y lo imitan haciendo la postura del avión, y al ver una alondra, harán la de la alondra, en tanto que al escuchar el trino de un ave, hacen la del ave o por la noche al encender una vela para iluminar la cena, hacen la de la vela, o al contemplar la luna en el firmamento, ejecutan la de la luna.

El profesor puede concebir sus propias historias para atrapar el interés del niño y que éste puede ir realizando las asanas con agrado y sentido lúdico. También le puede enseñar, adecuando de nuevo el lenguaje a la edad del niño, a hacer ejercicios básicos de respiración, como la abdominal, la intercostal y la clavicular, mostrándole primero cómo el lo hace y haciéndole ver cómo la zona dilata al inspirar.

Con respecto a la relajación también hay que adaptar el lenguaje.


Nunca el niño debe sentir que se le impone la práctica. El lenguaje no puede resultar coercitivo.


En cuanto a niños de más edad

Bastará con que el profesor, siempre de buen humor y formas afectuosas, vaya mostrando al adolescente cómo hacer la postura y le invite a imitarle, haciéndola él, por supuesto, previamente. Se pueden ir alternando las posturas y dándole a la práctica un ritmo que mantenga al niño atento y divertido, apoyándole con afirmaciones tales como «muy bien», «lo haces de maravilla», «ya lo haces mejor que yo», «¡cómo avanzas!» o similares. El profesor debe saber aplicar cierta disciplina, pero que el niño no sienta como coactiva y provocativa. La psicología del profesor es muy importante en tal dirección.

También puede, sin duda, ayudar a hacer la postura el muchachito y corregirle cuando sea necesario, pero siempre evitando reprenderle. Hay, empero, niños muy inquietos y nerviosos, con los que hay que tener una buena dosis de paciencia y aprender a desenvolverse del modo más idóneo con los mismos. Es aconsejable cambiar a menudo los programas, para que el niño renueve su capacidad de asombro. El mayor obstáculo puede ser que el niño se aburra. Es labor del profesor poder fidelizar al niño a la práctica y conseguir que el niño se tome la misma en serio y a la vez no experimente tedio. No obstante, un número de niños no terminarán por adaptarse a la práctica y hay que evitar imponérsela y dejarles en libertad de abandonarla. A mis alumnas que me preguntan si deben imponer que sus niños vengan a las clases de yoga, siempre les digo que esa es la mejor manera de conseguir que nunca asuman el yoga con agrado.

Hay que evitar que el niño se aburra

Una sesión de yoga para niños puede durar de media hora a una hora y la planificación de los programas admite muchas combinaciones. La sesión puede comenzar con la práctica de algunos ejercicios dinámicos, del tipo de los de gimnasia, o con el Saludo al Sol, ejecutando éste media docena de ciclos. Después vendrá la ejecución de los asanas, unos minutos de ejercicios respiratorios básicos y la relajación profunda durante los últimos minutos de la clase.

A través de la práctica asidua el niño irá aprendiendo a familiarizarse con su cuerpo y mejorar la coordinación psicomotora; obtendrá más dominio sobre sí mismo, aumentará su capacidad respiratoria y mejorará la elasticidad de sus músculos y articulaciones, tranquilizará su sistema nervioso y equilibrará su carácter. El yoga, que además carece del elemento competitivo y estresante, le ayudará a explorarse experiencialmente y conocerse, a saber regular mejor su unidad psicosomática, a calmar su mente y concentrarla. Se convertirá en un aliado de por vida. Por eso cabe esperar que, como ya ha empezado a suceder, cada día el yoga se vaya introduciendo más en colegios e institutos.

La madre o el padre, o ambos, pueden ser los primeros mentores de yoga de sus hijos si ellos mismos lo practican. En la medida en que los niños les vean practicar yoga en casa, por inclinación mimética, tratarán de imitarles y convertirán la práctica en un «juego» sumamente beneficioso y provechoso.

En las experiencias de yoga llevadas a cabo con niños se ha puesto de manifiesto que los mismos lograban tranquilizarse extraordinariamente mediante su práctica y que incluso los más nervioso o agitados se calmaban. Cuando su nerviosismo o alteraciones emocionales de sus fracasos escolares, mediante la práctica del yoga mejoraban su rendimiento escolar y se sentían más motivados con los estudios y menos tensos con los mismos.

Para niños que rechazan la gimnasia, que no son pocos, el yoga es ideal, ya que no invita a ningún tipo de competición, sino a sentirse a gusto con uno mismo. En niños con mala coordinación en sus miembros, la práctica del yoga es idónea. Es importante que el niño vaya estableciendo por sí mismo, a través de la práctica del yoga, una óptima coordinación cuerpo-mente. Los niños o adolescentes con marcados trastornos de afectividad o de la psique pueden practicar el yoga con beneficio, asistidos por su psicólogo, como terapia coadyuvante.

Cuando se aproximan las épocas de los exámenes, las técnicas del yoga físico resultarán sedativas para el adolescente y le harán sentir más confianza en sus propios potenciales. Siempre, y en cualquier caso, el instructor tiene que cuidar la transferencia del muchachito con él y hacerle ver que ambos están compartiendo una práctica estupenda y pasándolo bien, en alegre complicidad. Según la edad del alumno, las sesiones deben agilizarse más o menos y desde luego el instructor debe tratar de inculcar cierta disciplina al niño en las clases, pero no resultar impositivo. El instructor no debe resultar solemne, sino distendido y afable, impartiendo un yoga aséptico, sin ningún tipo de adoctrinamientos hindúes o de cualquier otro tipo, con un lenguaje natural y cercano.

Si el muchachito encuentra en el yoga una fuente de vitalidad y sosiego y aprende a disfrutar del conocimiento de su cuerpo y de su mente, permanecerá toda su vida en la práctica del yoga. De hecho, en nuestro centro de yoga llegan a reunirse a veces los abuelos (que empezaron de muy jovencitos con la práctica del yoga), los padres y los hijos. Y paulatinamente el adolescente va comprendiendo que el yoga es una actitud de vida o, él mismo lo va tomando como un arte de vivir y la esencia del yoga va impregnando su vida, permitiéndole tener una mente más atenta, sosegada y firme.

Ramiro Calle

Director del Centro Sadhak

www.ramirocalle.com


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