Yoga aplicado a la ansiedad

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Cuando, a partir del yoga realizamos una adaptación, conviene tener presente las técnicas que nos ofrece la disciplina, como las necesidades específicas que tengan los colectivos a los que va destinada.

Las aplicaciones, o adaptaciones, son el resultado de un estudio analítico y reflexivo y suponen una renovada aportación del yoga, en especial para aquellos usuarios que quieren probar alternativas complementarias a las soluciones ya existentes. El yoga aplicado a la ansiedad es una de las diversas aplicaciones que se pueden concebir en este campo.

Las aplicaciones se pueden considerar como:

1. Una formación continua, en la que se adquiere un método de trabajo analítico, se amplía la comprensión de muchos conceptos teóricos y se enriquece la propia transmisión.

2. Una especialización que le aporta al profesional más oportunidades de trabajo en su propio centro y fuera de él.

En este tipo de adaptaciones deberemos tener siempre especial cuidado en no alterar, ni desvirtuar la esencia del yoga, sino extraer y adaptar -en nuestro caso-, esa parte de terapia aplicada que el yoga contiene potencialmente.

De la terapia cognitivo-conductual mantenemos el rigor teórico-práctico que nos sirve de guía para la concepción y diseño de los ejercicios, para su aplicación -su explicación adecuada-, y para el control de cada ejercicio -duración cronometrada-.

Nuestro objetivo no es contraponer ambas disciplinas, ni sustituir una por otra, sino utilizar el yoga como coadyuvante de la terapia psicológica durante el tratamiento, o como reforzador del bienestar psicológico en el postratamiento; e, igualmente, evitar recaídas.

La aplicación del yoga a la ansiedad es factible por la propia esencia del yoga, el cual, en su concepción teórica, posee conceptos psicológicos (vasanas, samskaras, kleshas) y técnicas apropiadas (concentración, visualizaciones, control respiratorio), casi propias de una psicología cognitiva.

El yoga admite diversas lecturas: satisface a quienes busca los aspectos físicos, a quienes busca el autocrecimiento personal, a quienes necesitan relajarse, e, igualmente, a quienes lo utilizan como elemento curativo complementario, buscando reducir la ansiedad o la depresión.

Las sesiones de yoga aplicadas a la ansiedad contienen una parte teórica y otra práctica. Cada sesión se repite tres veces a fin de que los practicantes puedan retener los ejercicios, con el consejo de que sean practicadas a diario en sus domicilios.

Adaptamos los contenidos de la relajación a las necesidades de cada trastorno ansiógeno; aun cuando las posturas sigan siendo las mismas, en ellas se incluyen inducciones de distensión, de comodidad, de relajación mental y física.

Para trabajar los kleshas (sufrimiento, tristeza, pena…), haremos samyama (concentración) sobre los miedos y el sufrimiento que cause la ansiedad; y así, el samyama nos conduce a algo más que a erradicar la ignorancia o el desconocimiento de la realidad espiritual (avidya).

La práctica del yoga refuerza la resiliencia del sujeto, le descondiciona y le aporta una experiencia de integración y de totalidad de la que carece el sujeto occidental de hoy. El contexto que se puede crear con la práctica del yoga es único en sí mismo, acogedor, protector, desestresante…, y permite más fácilmente llegar a la psique, evitando los filtros de los juicios de valor que emite el yo.

La resiliencia es el poder de resistencia psicológica que posee el individuo para hacer frente a los cambios bruscos e inesperados, a los sucesos traumáticos y a las difíciles exigencias de adaptación ante las que la vida nos sitúa.

La resiliencia es innata, pero necesita ser activada de vez en cuando, a través de unas condiciones en las cuales el sujeto pueda encontrarse a sí mismo (yoga, meditación, ciertos deportes, vacaciones no programadas, ni guiadas...), saliendo así de la perniciosa dinámica a la que le someten las condiciones de la vida, que fuerzan la adaptación externa y anulan en buena parte la vivencia interior.

El yoga descondiciona, al ser un elemento cultural exógeno a nuestra cultura, reduce nuestro etnocentrismo y va modificando y enriqueciendo paulatinamente nuestros esquemas mentales, abriendo las posibilidades de poder experimentar otras concepciones de realidad, sin renunciar, por ello, a lo ya existente.

Las mismas posturas que el sujeto vaya adoptando le permitirán también ese descondicionamiento, al experimentar y explorar su realidad física a través de diferentes posiciones: desactivación, cierres, apertura, torsión, inversiones, equilibrios, relajación.

No se le pide al sujeto que razone, sino que sienta, que perciba, que se escuche a sí mismo, y que entre en contacto con su psique, con su potencial energético y espiritual…

La experiencia de integración y de totalidad de la que hablábamos, es necesaria porque el sujeto occidental de hoy es una persona hiperyoizada e “hipermental”, que vive en la inmediatez de un presente cargado de responsabilidades, de deseos ilimitados, de estrés y de angustia; sus fines son inmediatos, cortoplacistas, y están dictados por la sociedad y los medios de comunicación; su horizonte apenas rebasa la franja de lo sensorial y se encuentra mucho más condicionado de lo que él mismo cree y percibe. Por ello, cuando su yo se desestabiliza en esta civilización de lo efímero, no tiene nada que le sostenga a nivel personal; todo lo que ha vivido es externo y está “lleno de la nada”.

La experiencia de la práctica del yoga le permitirá, pues, reconocer en sí mismo otros valores que no son únicamente el del rendimiento (laboral, académico...) ni los del éxito, ni el de la aceptación o aprobación de los demás.

El yoga le enseñará igualmente a sentirse en comunión con lo que le que le rodea, a sentir que no sólo es un yo, sino que existe también, en lo profundo, una esencia compartida y una pertenencia.

 

Amable Díaz
Centro de Yoga Patanjali
Centrodeyogapatanjali.es